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Acacia A. D'la Rosa

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Acacia A. D'la Rosa

Mensaje por Acacia A. D'la Rosa el Sáb Abr 30, 2016 5:14 am

Acacia A. D'la Rosa
Acacia Adeline D'la Rosa.
20 años. 27/03.
Filología inglesa. 2° año.
Francesa.
Bisexual
Fraternidad.
Deborah Ann Woll.
"Mi mundo sólo existe dentro de mi libreta."

Descripción psicológica
Ella es violenta. Es malhumorada, a veces, cuando consiguen hacerla enfadar de verdad. Es un poco demasiado apasionada cuando se trata de algo que le gusta. Y, sin embargo, es la chica que todo el mundo desearía poder conocer al menos una vez en su vida.

Acacia tiene una personalidad bastante curiosa, del tipo de personalidad que cuando uno la conoce a simple vista sólo puede decir una cosa: es una chica opaca. Una de sus características principales es que es muy enérgica y positiva. En cualquier situación adversa, bajo cualquier peligro inminente, ante cualquier problema grave, ten por seguro que ella siempre terminará encontrando una solución para todo lo que te aterre. Considerada como un espíritu libre gracias a su extraña particularidad de nunca querer hacer lo que establecen los demás, ella siempre intenta ver el mundo desde otra perspectiva totalmente diferente a los demás; viendo todo de una manera colorida y llena de esperanza.

Se le puede definir como una "montaña rusa" de emociones. A diferencia de algunas personas, Acacia no teme en mostrar lo que en realidad siente; y aunque a veces sus actitudes puedan resultar algo infantiles, es una chica muy honesta consigo misma. No obstante, tampoco confíes en que lo será contigo. Porque Acacia es honesta consigo misma, y sabe perfectamente lo que quiere. No es una chica ambiciosa, ni siquiera le importa demasiado el dinero. Lo que en realidad quiere es hacer algo grande y asegurarse de dejar huella allá adonde vaya. Lo único que necesita, todo lo que quiere, es saber que significa algo, y es por esto que se esfuerza por no ser demasiado reservada y mostrar ejemplo siendo tal como es, pero su timidez de antes a la larga termina volviendo y acaba ocultando sus sentimientos casi sin darse cuenta.

Siente una enorme pasión por la música, y eso la lleva a exaltarse considerablemente durante su interpretación. En el caso de la literatura es mucho más tranquila. Permanece bien concentrada mientras escribe, dejando a su cabeza sumirse en el hilo de ideas que van y vienen a través de su mente, buscando formar una idea coherente que pueda desarrollar hasta ser una gran historia.

Cualquiera que la conozca pensaría que es una chica sociable a la que le gusta pasarse el tiempo de fiesta en fiesta y rodeada de gente, pero en realidad, aunque Acacia no puede decir que no a una buena fiesta de vez en cuando, no hay nada que disfrute más que un momento de tranquilidad en un espacio solitario, libre de las palabras impertinentes de personas que la interrumpen cuando está concentrada. No hay ningún momento que ella goce más... aparte de esos pequeños momentos en que puede ver las cosas bonitas que conlleva estar vivo.

Para ella la vida es muy importante, y sabe ver el lado hermoso de todas las cosas, incluso de algo tan deprimente como la lluvia. Siente tanta fascinación por las cosas sencillas como muchas otras personas la sienten por cosas ostentosas, y es por esta razón que Acacia, por desgracia, conocedora de esto último, intenta mostrarle el lado bello de cosas tan simples como una noche callada, las nerviosas alas de una mariposa o la suave respiración de un bebé durmiendo a todo el que se encuentre a su alrededor. Sí, peca de infantil, pero en verdad es muy madura para su edad. Las circunstancias la han hecho así. Tampoco vayas a pensar que es tonta, que es más inteligente de lo que piensas. Sabe perfectamente cuando alguien planea algo. Es astuta a la hora de elaborar planes infalibles. También es buena para saber cuando alguien está mal y necesita estar solo o tener compañía.

Una buena amiga, eso es lo que es. Alguien que no lo dudará ni una sola vez para dejar en claro lo que piensa y defenderá a los que ama hasta el final.
Historia
I. De españoles y franceses.

Franco D'la Rosa tenía todo lo que pudiera desear. Criado en el seno de una importante familia española, los tratos con otras familias de la élite igual de importantes que ellos, los lujos, las fiestas llenas de clase y los viajes a otros países estaban a la orden del día. Franco llevaba una vida ostentosa en Andalucía, España, pero luego fue que sus padres conocieron a la familia Bonfainte-Leroy. Los Bonfainte-Leroy eran una importante familia de la élite francesa, procedentes de la ciudad de Montreuil. A diferencia de muchos franceses, ellos no despreciaban a personas de otra nacionalidad... Claro, siempre y cuando fueran lo bastante ricos y atractivos. Ellos tenían dos hijas. Laura, la menor de las señoritas Bonfainte-Leroy, captó rápidamente la atención del joven heredero D'la Rosa, y los padres de ambos chicos no dudaron en comprometerlos un par de meses después.

El problema era que Laura ya estaba enamorada de alguien más; un hombre joven que estudiaba para abogado y sus padres consideraban una aberración y una absoluta falta de respeto al apellido. Pero Laura no les hacía caso y a menudo se veía con el joven, llamado Dominique, a sus espaldas, hasta que un día fue descubierta. La boda se adelantó dos meses y por la primavera un enamorado Franco y una desdichada Laura unían sus vidas en agridulce matrimonio. Se mudaron a Paray-le-Monial, donde vivirían sus años de casados por siempre. Conforme pasaban los meses, a pesar de que sabía que Franco no tenía la culpa de nada y la quería sinceramente, Laura no podía evitar guardarle rencor por haberla separado de su amor. Tiempo más tarde Laura quedó embarazada y el amor de Franco hacia ella, cansado por su indiferencia, empezó a marchitarse.

II. Una niña muy extraña.

Cuando los Bonfainte-Leroy y los D'la Rosa descubrieron el embarazo de Laura, por supuesto, se hizo la fiesta en las dos casas. Todo el mundo de la alta sociedad francesa y española conocía la feliz noticia e incluso algunos medios hablaban al respecto. No había día en que una sofocada Laura no recibiera felicitaciones por su embarazo, mientras Franco iba de un lado para otro radiante de alegría comprando cosas para el bebé que, según los médicos meses después, sería niña.

Acacia fue el nombre escogido para la pequeña. Un nombre delicado, que auguraba a primavera y feminidad, justo como Laura esperaba que su hija fuera. Femenina, elegante y bonita como la primavera. Además las acacias eran sus árboles favoritos. Franco estaba tan feliz que no refutó y Acacia fue la decisión final, a pesar de que barajaron diferentes opciones también. Acacia fue el primero y el definitivo. La niña nació una buena mañana de primavera en el hospital Saint-Jacques, uno de los más importantes de Francia, y mientras Laura daba a luz, Franco se encargó de difundir la noticia a sus padres y suegros. Las dos familias no tardaron en llegar al hospital, incluyendo a la hermana mayor de Laura, Evangeline, que no se había casado y llegó de Lisieux solo para ver a su sobrina. Tres horas después se les permitió pasar y ahí fue cuando vieron a la bebé Acacia dormitando en el pecho de su madre, bonita, sonrosada y tranquila, ganándose miradas de aprecio y devoción por todas partes. Todo cambió cuando la niña abrió sus ojos.

Los D'la Rosa tenían ojos oscuros, incluyendo a Franco. Evangeline, Laura y su madre tenían ojos verdes. El señor Bonfainte-Leroy tenía ojos marrones. Y Acacia tenía los ojos de un suave color celeste, como el cielo en un día de invierno. Como los viejos zapatos de raso de Evangeline. Y como los ojos de Dominique, el ahora abogado que tiempo atrás había sido pareja de Laura.

Las pruebas fueron absolutas. Franco llevaba ya un tiempo sospechando que su esposa le era infiel y aquella fue la gota que colmó el vaso, la que terminó por probar que aquello era verdad. A pesar de las protestas de Laura, todo el mundo la tachó de zorra, la insultaron y sólo Evangeline la apoyó, asegurando que aquello podía ser un error genético, y una desolada Laura estuvo de acuerdo con ella en un intento por justificar el color de ojos de su hija. Pero era inútil. Franco ya no quería saber nada de ella ni de la "mocosa", como él la llamó. La trataría como su hija frente a las demás personas para evitar un escándalo, pero en lo que a la casa respectaba, no pensaba tratarla con el amor que una primogénita merece. Y tampoco pensaba hacerse una prueba de ADN para que, al final, resultara que realmente aquella niña era hija de Dominique. Laura dejó de dormir con Franco, enfadada porque este la considerara una cualquiera, y durante un tiempo Evangeline cuidó de la niña como si fuera suya para ahorrarle los disgustos de la casa, mientras las cosas entre sus padres se calmaban. Poco antes de que Acacia cumpliera el año de edad regresó a la mansión, pero ya nada era como antes.

III. Ojos sucios.

Las personas tienen la mala costumbre de pensar que, cuando una persona nació en medio de una familia rica, tiene ya la vida ganada. Que como sus padres no se parten el lomo trabajando pueden prestarle toda la atención que quiera, que puede cumplir el más mínimo de sus caprichos con sólo tronar los dedos y que no conoce nada más allá de la delicada burbuja de cristal donde vive. Ellos están equivocados.

La infancia de Acacia en la mansión fue todo menos lujosa o agradable. No había día en que Franco no la observara con repulsión y asco. No había día en que no comentara, con la voz más alta que podía para que Laura le oyese, que era una lástima que una niña tan bonita no fuera hija suya. Franco no soportaba mirar a la mocosa y encontrarse con ojos azules, ojos del supuesto amante de su esposa, ojos sucios, como él los llamaba. Una mirada asquerosa que le recordaba diariamente la infidelidad de su primer amor. Todo el tiempo criticaba las miradas de Acacia. Todo el tiempo le recordaba que ella era producto de una infidelidad, a pesar de que realmente Laura dijo la verdad y ella ni siquiera volvió a ver a Dominique después de su boda. La espectacular mansión pronto se convirtió en un infierno para ambas mujeres, y en el caso de Acacia, ella ya se había hecho a la idea de no esperar nada de sus padres. Porque aunque su padre la insultaba, la criticaba y le recordaba todo el tiempo ser un error, Laura nunca la defendía. Nunca decía nada para callar a su marido, nunca parecía interesada en las discusiones con Franco y nunca parecía importarle el bienestar de Acacia.

Relegada al puesto de error, la niña de ojos sucios pasaba sus días con los sirvientes. Ellos eran en esa casa los únicos que le mostraban su apoyo y cariño, y fueron los únicos que la apoyaron cuando su padre la insultaba a ella y a sus sucios ojos, afirmando que la señorita tenía los ojos más bonitos del mundo. Acacia empezó a desarrollar un carácter dulce, tímido, vergonzoso y callado, con la capacidad de ver más allá de las apariencias y descubrir cuando alguien era más de lo que aparentaba. De este modo descubrió a un compañero cuyo padre lo golpeaba, una compañera cuyo padre abusaba de ella, un compañero que se sentía solo porque sus padres se la pasaban viajando, una compañera que sentía que sus hermanas eran mejores que ella y tenía un grave complejo de inferioridad... A todas esas personas Acacia las ayudó, porque a pesar de la tristeza diaria que la consumía en casa, ella conservaba la sonrisa, guardando muy en el fondo la tenue esperanza de que sus padres algún día cambiaran.

Los sirvientes crearon a una chiquilla armoniosa, optimista con la vida, que no se paraba a pensar dos veces a la hora de proteger a sus seres queridos o ayudar a alguien, pero también muy ingenua. Inocente, con tendencia a confiar en todos. Su carácter era motivo de cariño general por parte de su grupo, pero las cosas darían un vuelco brusco para ella más tarde.

IV. No me mires con esos ojos.

Ya hemos hablado acerca de que Franco despreciaba a Acacia por su color de ojos, ¿verdad? Bueno. Pero también tenía una regla para ella, una regla que, aunque al principio le costaba seguirla, Acacia sabía que estaba ahí, a pesar de que ella no quisiera cumplirla.

Franco no quería que Acacia lo mirara con esos ojos sucios y llenos de mentiras, ojos que parecían gritar: "Idiota, tu esposa te engañó". De manera que el hombre le tenía prohibido a Acacia mirarle la cara. No importaba lo que pasara, lo que ellos estuvieran haciendo, no quería que lo mirara ni una sola vez. Acacia creció sin haber visto nunca el rostro de su padre. Creció sin saber cómo eran sus facciones, su color de ojos o la forma de su nariz. Detalles tan pequeños como esos, para ella hubieran sido suficientes. Pero al menos tenía a los sirvientes como su familia. No importaba que, al momento de querer alzar la vista un poco más para ver más allá del cuello, su padre le diera una bofetada o la agarrara de la coronilla y le gritara que lo dejara tranquilo.

V. Mi Mundo.

En medio del infierno hogareño, Acacia encontró una escapatoria en los libros.

La literatura, con sus páginas impresas, las letras negras en una caligrafía que a ella le parecía bonita y las miles de historias con personajes increíbles que encerraban. En esos libros Acacia conocía lo que era una familia de verdad, no una rota como la suya. En ellos Acacia conoció la magia del primer amor, la desilusión amorosa, la amistad auténtica, la magia que flota en el aire cada día...

Poco a poco se volvió una niña sencilla que nada disfrutaba más que llegar a casa del colegio y leer un buen libro. En los libros, podía hacer lo que quisiera. Bailar un vals, montar un dragón y echarse a volar, cantar frente a miles de personas sin que su timidez la embargara. Así fue como poco a poco en Acacia empezó a crecer la necesidad de escribir sus propias historias. De generar en otros las mismas sensaciones que ella experimentaba con los libros. De expresar sus sentimientos y regalar un pedacito de ellos a gente que pudiera volver a creer en la felicidad.

En su décimo cumpleaños le regalaron una libreta donde Acacia empezó a escribir las aventuras de Lady Primrose, una cortesana de Patrimonio que viajaba alrededor del mundo combatiendo todo tipo de peligros, y que esperaba encontrar la paz interna y el amor a sí misma, así como muchos otros relatos, poemas y canciones.

VI. Prodigio.

El deseo de Acacia por ser escritora hizo que la chica se esforzara el doble en sus clases. Claro que para ese entonces Acacia ya se aplicaba muchísimo y había conseguido ser la mejor de su clase. Era un intento desesperado, un grito, una súplica porque sus padres la miraran. Que se dieran cuenta de que ella estaba ahí se reconciliasen y volviesen a ser la familia feliz que su tía Eva decía que habían sido. Una familia donde por las noches Laura escuchase atentamente las anécdotas e historias de Acacia, donde su padre la arropara y le besara la frente para luego besar a su madre en los labios. Donde todos fueran felices.

Fue gracias a esto que, cuando su tía decidió que Acacia debía buscar su talento oculto, eso que la hiciera distinta a todas las demás niñas, llevándola con ella a Limoges por Navidad, Acacia aprendió rápidamente tantas cosas como pudo, en un intento por satisfacer, no a su tía, sino a sí misma. Por demostrarse de lo que era capaz. Sin embargo, ¿qué podía hacer, cuando todo lo había probado y nada le hacía sentirse especial? Cocinar, pintar, dibujar, coser, bailar... No importaba lo que hiciera, nada la dejaba tan orgullosa. Nada le hacía decirse a sí misma: "Esto es lo que soy y lo que quiero", más que escribir, pero su tía insistía en que esto no era en sí un talento, ya que escribir podía hacerlo todo el mundo. Sobra decir lo ofendida que quedó Acacia tras escuchar sus palabras.

Fue durante la última semana en Limoges, a finales de diciembre, que Acacia encontró su pasatiempo, ese en el que invertiría casi tantas horas como en la lectura, algo que antes nunca hubiera imaginado. Resultó que mientras exploraba los rincones de la mansión Bonfainte-Leroy en Limoges descubrió un cuartito diminuto escondido al fondo de un largo pasillo oscuro, un sitio que quizás su tía no hubiese descubierto nunca. El cuartito estaba todo pintado de verde, con una pequeña ventana redonda, el suelo cubierto por una alfombra verde y una mesita con un taburete. Y, sobre este, un violín de delicado talle. Fue cosa de que Acacia tomara el violín y rasgara las cuerdas por primera vez, con torpeza. El sonido fue horrible, claro, pero al mismo tiempo generó en ella una sensación de magia acompañada del creciente deseo de escuchar ese sonido desafinado una y otra vez.

Bien entrada la tarde Evangeline, guiándose por el sonido del violín, encontró a Acacia intentando tocarlo en el cuartito. Repuesta de la sorpresa inicial, fue entonces que Evangeline habría de reconocer el futuro talento de Acacia para tocar el violín.

Fue así que Acacia empezó a estudiar y pronto llegó a ser una gran violinista, que aprendía rápidamente todo lo que le enseñaba su profesor particular y a menudo deleitaba a sus sirvientes tocando en pequeñas convites hogareñas.

VII. Stanford.

Tomar decisiones conlleva tener un mínimo de responsabilidad. Con las decisiones, debemos aceptar todas las consecuencias que estas conllevan, ya sean buenas o malas, y enfrentarlas con la madurez que se supone uno debería tener a los dieciocho años y hallar una solución para toda problemática. Esto es más o menos a lo que se tuvo que enfrentar Acacia en su lucha interna mientras intentaba convencerse a sí misma de que esto era lo mejor.

Estaba harta, así de simple. A la larga, aunque su personalidad dulce no variaba un ápice, la actitud de Franco con ella había terminado por cansarla, y tras un intento fallido de suicidio que fue interrumpido por una llamada de su "padre", al final Acacia decidió que su última alternativa era marcharse. Así estaría segura. Así estaría lejos de las miradas acusadoras de Franco y las frías de Laura, que con el tiempo había acabado hundiéndose en el alcohol en un intento por despejar su mente de la desconfianza de Franco.

Acacia sabía perfectamente que el caso de Laura ya no tenía solución. Por más que Evangeline había intentado sacar a flote a su hermana, el rechazo de sus padres y de su marido fue algo que sencillamente su "madre" no pudo superar, y había acabado buscando consuelo en el fondo de una botella. Ahora, siempre que Acacia regresaba de la preparatoria, se topaba con su madre dormitando en la mesa del comedor, rodeada de botellas vacías. Su padre poco o nada de atención le prestaba; se limitaba a seguir moviendo con maestría los hilos en el teatro que era su vida, interpretando su papel lo mejor posible. Era cosa de vida o muerte; era decidir si seguir siendo una marioneta o arriesgarse para buscar su propio sueño.

Stanford fue la mejor opción que se le ocurrió. Era una universidad prestigiada, tenían un excelente campus de Filología inglesa, justo lo que ella quería estudiar, y podría tener más tiempo libre para dedicarse a su música, ya sin las continuas exigencias y presiones de su familia sobre sus hombros. Sí, Stanford era la mejor opción. Estaba lejos, ni siquiera estaba en el mismo continente. Una vez allí Acacia estaría tan apartada de sus padres que ni siquiera tendrían que hablar.

Así que, cumplidos los dieciocho años, Acacia se marchó a Stanford con el violín aferrado en una mano y su querida libreta en la otra, más que decidida a una cosa: ella trazaría su propio destino en la universidad, sin importar lo que sus padres dijeran. Y ella misma alcanzaría el éxito por sus propios medios, no importaba la fortuna o las acciones de la familia.

FIN.



Familia
Franco D'la Rosa: Podría decirse que es el padre de Acacia, a pesar de que, realmente, no ha hecho nada para que Acacia pueda considerarlo como tal. Franco es todo lo que un hombre de negocios debe ser, sus padres lo han educado para serlo. Es frívolo. Tiene muy buen olfato cuando se trata de negocios, es inteligente y sabe diseñar perfectos planes para incrementar la fortuna familiar. Como todos los D'la Rosa, está obsesionado con las apariencias. Acacia y él siempre han sido distantes, y ninguno tiene intención de cambiar esto. Franco piensa que Acacia es fruto de un engaño de su esposa, la única mujer que amó. Acacia piensa que Franco es estúpido por no molestarse en hacer pruebas de ADN. Franco puede ser un hombre violento que desquita su ira en Acacia, hasta que ella se va a Stanford. Le sigue mandando mucho dinero, pero sólo lo hace por guardar apariencias. Controla la vida de su hija como si de un teatro se tratase, aparentando ser la típica familia feliz en público, pero cayendo a pedazos en privado.

Laura Bonfainte-Leroy de D'la Rosa: Es la madre de Acacia, a pesar de que tampoco ha hecho nada para merecer ese título. Laura solía ser una chica soñadora de carácter dulce cuando era joven, que estaba muy enamorada de Dominique, un joven estudiante de abogado que conoció en una universidad de Saint-Denis, en la que ella estaba estudiando Diseño Gráfico por mero capricho, según sus padres. Salían juntos, pese a que los Bonfainte-Leroy, salvo su hermana Evangeline, no aprobaban este noviazgo. Durante un viaje a Andalucía conoció a Franco, el hijo de los D'la Rosa, que se enamoró de ella y fueron comprometidos. Así fue como Laura tuvo que separarse de su querido Dominique, que con el corazón roto se marchó a Roubaix, dejádola totalmente destrozada. Este fue el aliciente para que Laura acabara por volverse una persona fría, alguien que no dejaba entrever sus sentimientos a nadie, sobre todo a su marido, al que despreciaba todo el tiempo. Laura empezó a despreciar a Acacia a partir del momento en que Franco dijo que ella era hija de Dominique y no de él, más que nada porque por culpa de esa niña todo el mundo la tachaba de cualquiera, pero también en parte porque ella misma deseaba que hubiera sido verdad. Que Acacia hubiera sido fruto de su amor con Dominique. Por esto ni siquiera se molestaba en defenderla de los ataques de Franco, limitándose a sacudir con indiferencia la cabeza en cada vez que su hija le pedía ayuda. Pronto encontró su consuelo en el fondo de una botella de alcohol, alejándose totalmente de Acacia desde entonces.

Evangeline Bonfainte-Leroy: La tía de Acacia, y la única, además de los sirvientes, que le dio un poco de cariño. Por desgracia Evangeline viajaba mucho, así que Acacia no podía verla todo el tiempo y, por tanto, los sirvientes eran la única familia decente que le quedaba. Evangeline es la hija solterona de los Bonfainte-Leroy. Nunca se casó, y, tras ver lo que pasó con su hermana y mejor amiga Laura por hacerlo, piensa que es la mejor decisión que pudo haber tomado. Evangeline sabe todo lo que ha tenido que pasar su sobrina en su "hogar", pero no lo cuenta a nadie como un triste intento de proteger a su hermana. Acacia no sabe esto, y seguramente piensa que Evangeline no dice nada por temor a Franco. Ella es la tía soltera que muchos quisieran tener, divertida, jovial y bastante consentidora, pese a ser también muy madura para muchas cosas.

Los sirvientes: Ellos no son parientes de sangre de Acacia, pero ella los quiere como si lo fueran. Ellos fueron los únicos en la mansión D'la Rosa, además de Evangeline, que le dieron a Acacia el amor al que ella no podía aspirar por parte de sus padres. Son más de veinte, entre los cuales destacan Sebastian, un mayordomo medio japonés, y Dorothy, una de las tantas criadas encargadas de la limpieza, y que desempañeron el papel de hermanos y mentores en los momentos críticos. Fue Dorothy quien le regaló a Acacia una preciosa estilográfica antigua que ella usa para escribir. Todos tienen algo en común: consideran injusto el trato de su patrón a Acacia y la quieren como a una hija o hermana.

Los D'la Rosa: Los abuelos de Acacia por el lado paterno, pese a que nunca los ve, salvo en algunas Navidades. Tratan con desprecio a Laura, pues piensan que esta engañó a su hijo, y también a Acacia, porque piensan que ella es fruto de ese engaño. Viven en Andalucía. Son personas serias, frívolas y obsesionadas con las apariencias.

Los Bonfainte-Leroy: Los abuelos de Acacia por el lado materno, que a diferencia de los D'la Rosa no los visitan ni por Navidades. Tienen vergüenza de ver a Franco a la cara y desconocieron a Laura desde que se enteraron que, supuestamente, había engañado a su marido. Acacia no los conoce, pero agradece no hacerlo, pues a juzgar por lo que le dice Evangeline, que sabe de ellos de vez en cuando, son personas manipuladoras, extremadamente elitistas, y también algo machistas. Viven en su natal Montreuil.
Gustos
  • El sonido de la lluvia.
  • La música clásica.
  • El teatro, sobre todo los musicales.
  • Estar sola a veces.
  • Los dulces, sobre todo los pastelitos de chocolate.
  • Los árboles de cerezo.
  • La cultura japonesa.
  • Leer y escribir.
  • Dibujar.
  • El color azul.
  • El té de canela con leche.
  • Los gatos y los caballos.
  • La noche.
  • La luna.
  • Las películas.
  • Nadar.
  • Montar en bicicleta.
  • Correr.
  • Montar a caballo.
  • La mitología, sobre todo la celta.
  • Disgustos
  • El color gris.
  • Sentirse presionada o agobiada.
  • Hablar de su familia o su pasado.
  • Que se metan en sus cosas.
  • Tener que usar gafas a veces.
  • La falta de respeto.
  • El gasto innecesario de dinero.
  • Otros datos
  • Le falla un poco la vista, así que tiene que usar gafas.
  • Es zurda.
  • Es alérgica a los perros.
  • Los únicos libros que no soporta son los libros de autoayuda.


  • Última edición por Acacia A. D'la Rosa el Dom Mayo 01, 2016 12:08 am, editado 4 veces
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    Re: Acacia A. D'la Rosa

    Mensaje por Helena O. Collins el Sáb Abr 30, 2016 7:12 am

    Expediente en proceso
    Postea a continuación cuando termines para que un miembro del staff pase a revisar la ficha.

    Recuerda que el apartado de grupo, en el caso de que sea una fraternidad, únicamente se pone "fraternidad" ya que tenemos un sistema de elección de fraternidad posterior al expediente.


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    Re: Acacia A. D'la Rosa

    Mensaje por Acacia A. D'la Rosa el Dom Mayo 01, 2016 12:10 am

    Terminada.


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    Re: Acacia A. D'la Rosa

    Mensaje por Athenea Newton el Dom Mayo 01, 2016 8:19 am

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    Re: Acacia A. D'la Rosa

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